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LOS ULTIMOS DIAS DEL PARAISO

March 12th, 2008 · No Comments

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En Indonesia traficar con drogas está muy penado. Nada más entrar en Indonesia, un gran cartel te advierte del peligro por traficar con drogas.

El primer martes del pasado junio amaneció un día caluroso y seco de esos que caracterizan la estación seca en Indonesia. Ese día fue un poco especial. A las nueve en punto de la mañana me encontraba en el aparcamiento de la prisión de Denpasar (Bali) llamada LP Kerobokan, traducida más o menos como Instituto de Socialización. Allí esperaba al Padre Terry, sacerdote misionero inglés, quien unos días antes me había pedido si le podía hacer la traducción simultánea al castellano de la ceremonia católica que impartía para unos presos peruanos que cumplían condena allí. No era la primera vez que visitaba esa cárcel, pero sí la primera en la que iba a tener acceso a dependencias que solo en esa clase de situaciones era posible visitar. Para llegar a la pequeña capilla católica del interior de la prisión, había que pasar por el lado derecho de la torre central (pabellón de máxima seguridad), rodeado de rejas y con la puerta principal siempre cerrada con candado. Es el corredor de la muerte de esa cárcel. Cuando ambos aparecimos junto a una asistente social y un ayudante indonesio que nos acompañaban, unos chicos muy jóvenes extranjeros saludaron al Padre. Habían bajado por la pequeña escalera de caracol de la torre y se disponían a desayunar. Me acerqué a las rejas y saludé amablemente. Después supe que esos chicos se llamaban Matthew, Scott Rush y sus amigos. Iban a pasar un nuevo día en el corredor de la muerte, en el que habitan desde septiembre de 2006. Scott Rush, Matthew Norman y otros siete forman el conocido grupo de los nueve, “Nine Group”, imputados de un delito de exportación de 8,3 Kg de heroína y detenidos en febrero de 2005 en el aeropuerto de Bali y en una habitación de un céntrico hotel de la ciudad. Casi todo el grupo está condenado a muerte, menos la única chica, Renae, condenada a 20 años, y dos chicos (Martin y Michael) a cadena perpetua.

De verdad no puedo describir con palabras esa sensación, solo pude estrecharles la mano a través de las rejas de la entrada del corredor. Les dije que era un fotógrafo y periodista de surf y que vivía en esta hermosa isla gran parte del año. Scott sonrió y dijo que él hacía surf desde joven, aunque era un gran aficionado al fútbol australiano. En su pequeña celda, donde sobrevive como puede, tenía una foto con una tabla de surf que le habían llevado sus padres en una de sus visitas. El chico de la foto tendría unos siete años y la tabla era mucho más grande que él. Tampoco le entendía muy bien porque hablaba muy rápido y con mucho acento australiano. Eran turistas normales de su edad que se iban de vacaciones a Bali como otros muchos australianos. Chicos en el comienzo de una vida y allí hacinados por un gran error. Por un momento imaginé una sesión de surf de algunos de ellos en las maravillosas playas de agua cristalina y coral de estas islas, cómo disfrutaban y cómo les cambió la vida por ese estúpido error en el lugar del planeta menos indicado. Me imaginé a esos chicos cogiendo olas disfrutando de grandes sesiones, olvidé por un momento el pequeño infierno donde me encontraba esa mañana, y nos emocionamos juntos hablando de surf y de olas perfectas, como si estuviera viviendo con ellos los últimos días del paraíso.

Ahora están allí, el destino les llevó a esos pocos metros. El profundo calor y la fuerte humedad se palpita más en este lugar. Esto es una cárcel de Indonesia y, aunque es mejor que por ejemplo la célebre cárcel de Bangkok o las de Filipinas, no deja de ser una cárcel en Indonesia. A las once de la mañana, en plena ceremonia, escucho una especie de campanilla en el patio frontal de la prisión. Invadido por la curiosidad me asomo a la ventana de la iglesia: es la ración de arroz frito para los presos. Al preguntar a una peruana qué tal era la comida en la prisión me dijo que tenía que gastar dinero de su bolsillo para traer la comida de fuera porque no podría sobrevivir con la que dan a los que no tienen dinero. O sea, que sin ayuda exterior solo dispondría de esa ración, difícil para sobrevivir.

A las 12 de la mañana, finalizada ya la ceremonia y antes de encarar la últimas puertas de seguridad de la cárcel, tuve que pasar por la sala acondicionada para visitas. Tenía que ir con cuidado por dónde pisaba y esquivar muchas cabezas. Mientras se siga reformando el pabellón oficial de visitas, eso sí que es una verdadera hacina de presos con familiares y amigos del exterior. Pero es la única vía de que estos chicos australianos y el resto del colectivo de presos sepan algo de lo que sucede tras esas paredes, es su verdadera evasión. En mi mente solo se repetía la historia de esos chicos que había conocido, de cómo pudieron ser aquellos días antes de que fueran detenidos.
En la carretera, camino de casa, eché la vista atrás y vi las paredes recién pintadas de blanco del muro de ese Instituto de Indonesia. Decidí escribir esta historia por ellos. Les iba a imaginar en libertad, disfrutando minuto a minuto de la vida con su familia, sus novias, sus amigos, sus fiestas, sus estudios, haciendo sus deportes preferidos: rugby y surf. Aunque su situación procesal es morir ejecutados en una prisión especial de Java, jamás podría creer que el Gobierno Indonesio lo hiciera y no hubiera clemencia final.

Dedicado al colectivo de presos y personal de asistencia de LP Kerobokan (Denpasar), en especial a los presos del pabellón de máxima seguridad, a Scott y sus amigos, no les olvidamos.

Quieres saber mása través de la web: www.usp.com.au/fpss

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